Barcelona
conserva una de las tradiciones populares documentadas más antiguas de
la península ibérica. Sin embargo, detrás de una fiesta que parece haber
cambiado muy poco se esconde una transformación profunda de la ciudad y
de la manera en que sus habitantes han vivido el espacio público
durante los últimos siglos.
Como cada 23 de junio, Barcelona se llena de fiesta, petardos y baños de madrugada en el mar. Las hogueras, aunque mucho menos numerosas que en tiempos pasados, siguen formando parte del imaginario festivo.
Esta no es
una historia sobre la noche de San Juan en general —que en muchos
lugares de la península ibérica y de América Latina adopta formas
muy distintas según la región—, sino el retrato de cómo se vive
y ha evolucionado en Barcelona, donde se conserva una de las
tradiciones documentadas más antiguas de la península.
Un
origen pagano bajo un nombre cristiano
El
origen de la fiesta es precristiano. Se celebra el solsticio de
verano con rituales de purificación y de renovación, así como el
culto al sol y a la fertilidad. Con el paso de los siglos, el
folclore también le atribuyó la capacidad de alejar a los malos
espíritus mediante el fuego de las hogueras y los baños
purificadores en el mar. Según el etnólogo Joan Amades, la
tradición se remontaría a la época romana: durante la noche del
solsticio, los romanos salían a recoger la hierba de la verbena, a
la que atribuían propiedades mágicas y curativas.
¿Por
qué una fiesta pagana termina adoptando el nombre de un santo?
Con la expansión del catolicismo, muchas celebraciones vinculadas al calendario agrícola y a los ciclos de la naturaleza fueron incorporándose al calendario litúrgico. La festividad del nacimiento de San Juan Bautista, celebrada el 24 de junio, terminó superponiéndose a los antiguos rituales del solsticio de verano. El resultado fue una coexistencia entre elementos religiosos, como misas y procesiones, y costumbres populares que, en gran medida, ha perdurado hasta nuestros días. No se trata de un caso aislado: festividades como la Navidad, la Noche de Todos los Santos o el Carnaval también experimentaron procesos de cristianización y resignificación de celebraciones anteriores.
Barcelona:
quinientos años de continuidad
En
Barcelona, la primera referencia documentada de la fiesta data del
siglo XV. Ya entonces, las hogueras, los petardos, los baños en el
mar y la algarabía callejera han sido los protagonistas de la noche,
según recoge el libro La nitde Sant Joan a Barcelona,
dirigido por el antropólogo Manuel Delgado y el historiador Xavier
Cazeneuve. Esta investigación señala que es la fiesta popular más
antigua de la ciudad que se ha mantenido, de forma esencialmente
continua, en la calle.
Eso no significa que la fiesta haya
estado libre de conflictos con el poder. Tras la caída de Barcelona
en 1714, se impusieron sucesivas prohibiciones sobre las hogueras y
los petardos, y durante el franquismo se repitieron los intentos de
controlar o suprimir la celebración por considerarla impropia. Sin
embargo, el estudio de Delgado y Cazeneuve subraya algo relevante:
los intentos institucionales de controlar la fiesta han fracasado
sistemáticamente a lo largo de los siglos sin lograr acabar con
ella.
Entonces, ¿por
qué han desaparecido las hogueras?
Aquí
es donde conviene ser precisos. En 1970 se encendieron 822 hogueras
de San Juan en Barcelona, según datos municipales; en 2001, esa
cifra había caído a 14, remontando ligeramente hasta cerca de una
veintena de hogueras autorizadas en la actualidad. La causa de este
declive, según la investigación de Delgado, no es principalmente la
represión institucional —que existió, pero coexistió durante
siglos con la fiesta sin extinguirla—, sino un cambio social más
profundo: los niños, que tradicionalmente se encargaban de organizar
las hogueras de barrio, dejaron de ocupar la calle como espacio de
socialización. Poco a poco, gran parte de su tiempo libre pasó a
desarrollarse en espacios organizados y supervisados por adultos. , y
lo que antes era terreno de juego, amistad y algunas peleas
infantiles, pasó a estar mediado por espacios organizados. La calle dejó de pertenecer a los niños. Con ellos desapareció buena parte
del oficio artesanal de la hoguera vecinal.
Lo
que queda
Las hogueras
que se encienden hoy en Barcelona ya no dependen mayoritariamente de
la iniciativa infantil espontánea, sino de asociaciones de vecinos y
entidades organizadas. La fiesta sobrevive, pero con una gestión
diferente a la que tuvo durante siglos. Recoger leña de casa en casa
y esconderla de las patrullas que la confiscaban era, hasta hace
pocas décadas, una actividad cotidiana de la infancia barcelonesa
que hoy sería difícil de imaginar.

